
El PJ neuquino, otra vez rehén de Parrilli y las viejas prácticas
Esmeralda LopezCada vez afloran más miserias internas en el peronismo neuquino y el nuevo capítulo vuelve a dejar al descubierto los métodos de la vieja política que durante años manejó al PJ como una estructura cerrada, funcional a intereses de sector y alejada de una renovación real. La rebelión de la vicepresidenta partidaria, Anahí Valdez, contra José Carlos “El Turco” Asaad no aparece como un episodio aislado, sino como parte de una maniobra que el propio presidente del partido vincula con la “mano negra” de Oscar Parrilli, uno de los dirigentes que todavía busca condicionar la vida interna del peronismo provincial.
La discusión por las desafiliaciones de dirigentes que en 2023 compitieron por otros espacios volvió a ser utilizada como herramienta de presión política. Asaad había instruido a la apoderada partidaria para desistir de esos pedidos y dejar atrás una etapa de expulsiones, castigos y pases de factura. Pero Valdez se alineó con consejeros que ratificaron aquella decisión del Congreso provincial, reabriendo una interna que parecía cerrada y que ahora funciona como una nueva muestra de cómo ciertos sectores del PJ prefieren mirar al pasado antes que construir una alternativa hacia adelante.
Detrás del conflicto aparece una disputa mucho más profunda: el rechazo del kirchnerismo duro y del sector referenciado en Parrilli al acercamiento de Asaad con La Neuquinidad, el armado que lidera el gobernador Rolando Figueroa. Esa resistencia expone una lógica conocida: cuando el PJ intenta correrse de las viejas conducciones, aparecen las operaciones, las sospechas, las presiones internas y los intentos de disciplinamiento. La pelea por las expulsiones parece menos una defensa de la institucionalidad y más una forma de marcarle la cancha a una conducción que no responde al libreto de siempre.
La vieja guardia peronista vuelve a mostrar sus reflejos: discutir cargos, expulsar compañeros, activar internas judicializadas y sostener estructuras de poder que ya no ofrecen respuestas políticas nuevas. En ese escenario, Parrilli aparece nuevamente como símbolo de un esquema agotado, más preocupado por conservar influencia que por ordenar al peronismo de Neuquén. La ofensiva contra Asaad revela que, para algunos sectores, el partido sigue siendo un territorio de control y no una herramienta de construcción colectiva.
El Congreso del domingo en Vista Alegre será, entonces, mucho más que una reunión partidaria. Será una nueva postal de un PJ dividido, atravesado por rencores viejos y por dirigentes que no terminan de aceptar que el tiempo político cambió. Mientras Asaad intenta instalar una etapa de renovación y proyección, el sector de Oscar Parrilli vuelve a quedar asociado a las prácticas que empujaron al peronismo neuquino a su crisis actual: internas permanentes, mezquindades, castigos selectivos y una obsesión por conservar poder aun a costa de seguir rompiendo el partido desde adentro.




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